Pasó la primera semana de curso con normalidad, y olvidé el incidente con el desconocido-acosador bajo la lluvia. El día de después, se lo conté a Vera y ella me miró con ojos soñadores, diciendo cosas como "¡Qué bonito! ¡Ojalá me pasasen cosas así a mí! ¿Por qué le dijiste eso? Te pasaste de borde...". A Isa no se lo conté porque no tuve ocasión, y tampoco me importaba demasiado.
El primer sábado del curso, pasé el día hablando por teléfono con Vera e intentando convencerla de que abortara el plan revolucionario que tenía pensado para el tercer curso. Por la noche, Isa me llevó a una discomóvil de un pueblo cercano que me aburrió terriblemente.
El domingo intenté pasarlo sin salir de la cama, pero fue imposible porque fue el día que Lucio eligió para venir a hacerle una visita a su querida familia. Llamé a Vera por la tarde para ir a ver el partido de Álec, pero cayó enferma así que tuve que ir sola.
Y allí estaba yo.
Sepáis que en el pueblo las nubes van y vienen como quieren, por ejemplo, esa tarde hacía un sol que mataba. Anduve con Álec hasta el campo de fútbol y me despedí de él cuando llegamos a la puerta de los vestuarios.
El campo de fútbol era como la única construcción del pueblo que no parecía estar construída cincuenta años atrás. Era bastante modesto comparado con los de las ciudades, pero no estaba mal. Tenía unas gradas por debajo de las cuales, mediante unas escaleras algo cochambrosas se llegaba a los vestuarios. Los asientos de plástico (malo, todo sea dicho) estaban sólo a un lado del campo, protegidos por una enorme plancha metálica que los cubría de la lluvia y el sol. El campo era de césped desgastado por las pisadas de las botas de los chavales y estaba marcado por las típicas lineas blancas que yo nunca voy a entender. Pero, sin duda ninguna, lo mejor del campo era que a lado había un pequeño puesto donde vendían refrescos y golosinas.
Me acerqué y compré una bolsa de gominolas variadas de todos los colores. Después, mientras masticaba un osito dulce y gomoso, me senté en una de las últimas filas de las gradas. No sabía cuánto duraría el partido, pero esperaba que poco.
Ya llevaba como media hora comiendo gominolas y mirando el campo. El equipo de Álec había salido, triunfante, recibiendo vítores de los pocos que éramos en las gradas. Su equipo vestía camisetas y calzas azules, mientras que el equipo contrario vestía de blanco. Me aburría, y de repente, ¡zas!
-¡Hombre, pero mira quién está aquí!
Maldije en silencio mientras me giraba hacia la procedencia de una voz conocida. Su pelo parecía más rubio a la luz del sol.
-Vaya. -me quejé a modo de saludo, y volví a repantigarme en mi asiento, cara al partido.
Él se acercó trotando, muy sonriente.
-¿Qué tal?
-Mira, que hayamos hablado una vez no significa que seamos amigos, ¿vale? -le respondí arisca.
Metió la mano en mi bolsa de golosinas antes de que pudiera impedirlo.
-Bueno, bueno, qué humos -comentó él, mordiendo una ballena azul de azúcar-, con lo bueno que soy yo contigo.
Se dejó caer en el asiento vacío que había a mi lado.
-¿Qué haces...
-...aquí tan solita, guapa? -completó él. Yo le dediqué una sonrisa irónica.
-¿Cómo has adivinado el final de mi pregunta?
Él rió. Qué risa tan natural.
-Vale, contestamos los dos, empiezo yo.
Negué con la cabeza.
-Yo no he...
-En realidad -me interrumpió él. ¿Por qué carajos no me dejaba acabar mis frases?- no estoy tan solita como parece. Vengo con unos amigos.
Señaló con la cabeza a un grupo grande de personas. Había chicas con faldas ajustadas de colores y chicos guapos, demasiado ocupados en los culos de las chicas con faldas ajustadas de lo que a mí me gustaría si fuera ellas.
-Dirás más bien amigas.-comenté. Pór la forma en que reían parecían las típicas chicas populares tan guapas y coquetas como tontas perdidas.
-Sí, más bien. Te toca.
-Pues... -¿debía contarle a aquel amable, guapo y muy popular desconocido mi vida?- mi amiga ha caído enferma.
Mierda, Tabi.
-¿Y tu novio dónde está?
-¿Mi novio? ¿Te refieres a ese alto, cachas y morenazo que se da un aire a Taylor Lautner? Ojalá lo supiera.
Volvió a reír.
-¿Siempre eres así? -inquirió.
Le alcé la vista a los ojos. En ellos leí una sonrisa si cabe aún más bonita que la de sus labios.
-¿Así cómo?
-Así tan... divertida.
-¿Soy divertida o más bien... irónica?
-Divertida tirando a guapa.
Por fin me tocaba a mí reír. Lo hice con gusto.
-¡Mi despampanante belleza física no viene a cuento ahora! -le dije. Reímos juntos, y qué bien se sentía.
Una chica del grupo levantó los ojos de su teléfono móvil.
Tenía el pelo lacio, rubio y largo, aunque sin brillo, y llevaba una generosa cantidad de maquillaje en la cara y un vestido de verano de tonos azules que en mi opinión le estaba pequeño. Por la expresión de su cara me recordó a un perrito perdido.
-¿Les has dicho a tus amigas que ibas a desaparecer de su campo de visión?
-¿Qué? Hum... sí, ¿por?
-Tori Praver abda sin rumbo. -comenté, mirándola.
-¿Quién? -él se giró y vio a la rubia buscándole con la mirada-¡Ah! Es Thais, es muy maja.
-Y exáctamente igual todas las demás, ¿verdad?
-Oye, ¿qué insinuas? Son todas muy simpáticas.
Pensé en Vera, que nada tendría que envidiar a aquellas chicas tan guapas. Es verdad que su pelo era mucho más rizado que el de ninguna, pero tenía un cuerpo bien proporcionado y una cara sin maquillaje mucho más bonita que las de algunas que sí llevaban. ¿Podría Vera ser popular?
De repente, algo en el campo llamó la atención de todos en las gradas. Se oían ritos y murmullos de todos, que miraban al campo con cara de sorpresa. Me levanté y miré abajo, donde Álec estaba pegándose a puñetazo limpio con un compañero de su mismo equipo.
Tabi Aeta
Bueno, mi nombre es Tábata, pero si puedo evitarlo no lo digo. Por eso les pido a mis conocidos que me llamen por mi apellido, aunque no suelan hacerlo. Mi historia no es gran cosa, tal vez se parece a la tuya, si también tienes 14 años y eres una perfecta desconocida, solo que mi vida cambió en un segundo y de repente nada fue lo mismo.
sábado, 19 de noviembre de 2011
jueves, 22 de septiembre de 2011
Capítulo cuarto.
( Perdonad, me ha quedado un poco más largo que los demás xD )
Llegué las dos y media con las tripas rugiendo del hambre, toda despeinada y cansadísima. De lo único que tenía ganas era de teletransportarme a casa y darme una ducha mientras comía un bacadillo.
Ojalá hubiese sido así.
Alguien más había visto a Isa saltar la valla aquella mañana, y no creáis que se guardó el secreto para si. Llamaron a mi amiga al despacho del director encuanto salimos de clase.
Yo me hundí en la desesperación, ¡no llegaría nunca a casa! Cuando se lo dije a Vera, se rió.
-¡Calla! Vete a casa, yo me quedo a ver cómo le va a Isa.
-¿De verdad?
-Pues claro, ve.
-Gracias. -contesté, realmente agradecida. No me iba a hacer de rogar.
Muy aliviada, salí a andar hacia mi casa todo lo rápido que pude. Pero vosotros no habéis estado nunca en mi pueblo, el sitio con el peor clima del mundo, o eso creo yo. Las nubes que acechaban a lo lejos desde aquella mañana habían avanzado peligrosamente hasta que, mientras no estaba ni a mitad de camino, me cayó la primera gota en la mejilla.
Gruñí, malhumorada, y me puse la capucha de la sudadera antes de hundir las manos en los bolsillos. Me pegué a las paredes para caminar bajo los balcones, pero no sirvió de mucho. Anduve con cuidado de no manchar las zapatillas de tela.
Uy, un charco. Bueno, no me preocupé, no era grande, di un saltito para esquivarlo.
-¡Ay! -exclamé. Resbalé hacia atrás y caí de lleno en el charco, salpicando todo lo que tenía cerca mientras la lluvia se intensificaba y ya no había nada seco en mí.
Una risa cálida me hizo estremecer más que el agua. Levanté la cabeza y vi a alguien acercarse todo lo rápido que el suelo mojado y resbaladizo le permitía. Me levanté y me acerqué tropezando a la pared seca.
-¿Estás bien? -preguntó la voz cálida, más cerca que antes - Muenudo ostiazo.
-Ya. -contesté. Con aquel vocabulario no podía ser menos que popular.
-¿Necesitas algo?
-Teletransportarme a mi casa, ropa seca...
Volvió a reír. Me decidí a levantarle la mirada.
Tenía los ojos castaños y grandes, y en ellos veía como un dulce chisporroteo el reflejo de la lluvia cayendo. Llevaba una chaqueta de chándal gris de marca encima de una camiseta lisa, blanca, demasiado ajustada para mi gusto. El pelo castaño, de un color raro, mojado y aplastado contra la frente. Sonreía.
-¿Hacia donde vas?
-Hacia mi casa.
-¿Me vas a decir algo en claro?
Puse cara de aburrimiento, y señalé una dirección por definir en la lejanía, más o menos por donde estaba mi casa.
-¿Quieres que te ayude? -preguntó por fin.
Lo volví a mirar a los ojos. Parecía sincero.
-No sé con qué, estoy bien. -mentí.
Me coloqué bien la mochila mojada sobre el hombro y cogí aire para seguir andando.
-Adiós, de nada por interesarme. -dijo él con picardía. Resoplé por respuesta.
No conocía a aquel chico, ni lo quería conocer. Los populares eran todos iguales, unos falsos, personas irreales y sin escrúpulos a la hora de destrozar la vida social de los demás.
Seguí andando sin girarme ni decir nada. Oía el chapoteo de mis zapatillas sobre el suelo mojado, y detrás de mi, dos zapatos más. Giré en la siguiente esquina, pensando que él seguiría recto, pero no fue así; él me imitó. Gruñí, y seguí andando. En el siguiente cruce pensé que él volvería a girar y yo seguiría recto. Volví a equivocarme.
Pensé que me estaba volviendo loca, porque había andado ya un tramo y seguía oyendo pasos detrás de mí, así que me giré. Desgraciadamente, no era mi imaginación.
-¿Me estás siguiendo? -le pregunté, mosqueada.
-No. -contestó él con una sonrisa socarrona.
-¡Pues deja de hacerlo! -le espeté, y eché a andar más deprisa.
Pero no funcionó. El chico me siguió también los siguientes cinco minutos.
-¡Que te vayas a tu casa! -le volví a gritar, y él rió.
Qué cuadro tan cómico, pensé. Dos jóvenes bajo aquella lluvia torrencial debían estar dándose un beso o algo así, para que quedase bien. A mí un desconocido me seguía hasta mi casa.
Me empecé a poner muy nerviosa y a andar cada vez más deprisa. Él seguía detrás.
Aceleré aún más, y él volvió a imitarme.
Estaba asustada, corrí. Y él hizo lo mismo.
No sé por qué seguí corriendo hasta mi calle, no sé por qué me asustaba un chico tan jóven, con su mochila y sus vaqueros, con una risa tan dulce, unos ojos tan expresivos...
Mierda, ya había tropezado otra vez. Pero no volví a caer.
Intentando dar un frenazo las zapatillas habían resbalado y yo había caído hacia atrás, pero allí estaba él, que con su risa amable me cogió por detrás y evitó que repitiera el accidente de antes.
-¡Epa! -dijo -¿Eres así de torpe de normal, o solo hoy?
¿Cómo podía estar seco aquel chico que caminaba tras de mí bajo la lluvia?
-Suéltame -me quejé de forma arisca, mientras me desembarazaba de sus brazos.
-Encima que gracias a mí no vuelves a comerte el suelo. -dijo zalamero, secándose las manos en la chaqueta.
-No necesitaba tu ayuda.
-Lo que tú digas.
-Por supuesto que lo que yo diga.
-¿La tienes tomada conmigo o algo? ¿Te debo algo?
¿Que si me debía algo? ¿Quién diablos era aquel chico?
-No, sólo deja de perseguirme y vete a tu casa. -le gruñí.
-Perdón por seguirte corriendo -rió-, me pareció más dramático.
-¿No me digas?
-Sí, pero en lo de irme a mi casa... Bueno, eso intento.
Arqueé una ceja.
-¿Y eso qué quiere decir?
-Pues que por aquí se llega a mi casa.
No quería quedarme a hablar.
-Pues adiós.
-De nada por no dejarte caer.
Llegué las dos y media con las tripas rugiendo del hambre, toda despeinada y cansadísima. De lo único que tenía ganas era de teletransportarme a casa y darme una ducha mientras comía un bacadillo.
Ojalá hubiese sido así.
Alguien más había visto a Isa saltar la valla aquella mañana, y no creáis que se guardó el secreto para si. Llamaron a mi amiga al despacho del director encuanto salimos de clase.
Yo me hundí en la desesperación, ¡no llegaría nunca a casa! Cuando se lo dije a Vera, se rió.
-¡Calla! Vete a casa, yo me quedo a ver cómo le va a Isa.
-¿De verdad?
-Pues claro, ve.
-Gracias. -contesté, realmente agradecida. No me iba a hacer de rogar.
Muy aliviada, salí a andar hacia mi casa todo lo rápido que pude. Pero vosotros no habéis estado nunca en mi pueblo, el sitio con el peor clima del mundo, o eso creo yo. Las nubes que acechaban a lo lejos desde aquella mañana habían avanzado peligrosamente hasta que, mientras no estaba ni a mitad de camino, me cayó la primera gota en la mejilla.
Gruñí, malhumorada, y me puse la capucha de la sudadera antes de hundir las manos en los bolsillos. Me pegué a las paredes para caminar bajo los balcones, pero no sirvió de mucho. Anduve con cuidado de no manchar las zapatillas de tela.
Uy, un charco. Bueno, no me preocupé, no era grande, di un saltito para esquivarlo.
-¡Ay! -exclamé. Resbalé hacia atrás y caí de lleno en el charco, salpicando todo lo que tenía cerca mientras la lluvia se intensificaba y ya no había nada seco en mí.
Una risa cálida me hizo estremecer más que el agua. Levanté la cabeza y vi a alguien acercarse todo lo rápido que el suelo mojado y resbaladizo le permitía. Me levanté y me acerqué tropezando a la pared seca.
-¿Estás bien? -preguntó la voz cálida, más cerca que antes - Muenudo ostiazo.
-Ya. -contesté. Con aquel vocabulario no podía ser menos que popular.
-¿Necesitas algo?
-Teletransportarme a mi casa, ropa seca...
Volvió a reír. Me decidí a levantarle la mirada.
Tenía los ojos castaños y grandes, y en ellos veía como un dulce chisporroteo el reflejo de la lluvia cayendo. Llevaba una chaqueta de chándal gris de marca encima de una camiseta lisa, blanca, demasiado ajustada para mi gusto. El pelo castaño, de un color raro, mojado y aplastado contra la frente. Sonreía.
-¿Hacia donde vas?
-Hacia mi casa.
-¿Me vas a decir algo en claro?
Puse cara de aburrimiento, y señalé una dirección por definir en la lejanía, más o menos por donde estaba mi casa.
-¿Quieres que te ayude? -preguntó por fin.
Lo volví a mirar a los ojos. Parecía sincero.
-No sé con qué, estoy bien. -mentí.
Me coloqué bien la mochila mojada sobre el hombro y cogí aire para seguir andando.
-Adiós, de nada por interesarme. -dijo él con picardía. Resoplé por respuesta.
No conocía a aquel chico, ni lo quería conocer. Los populares eran todos iguales, unos falsos, personas irreales y sin escrúpulos a la hora de destrozar la vida social de los demás.
Seguí andando sin girarme ni decir nada. Oía el chapoteo de mis zapatillas sobre el suelo mojado, y detrás de mi, dos zapatos más. Giré en la siguiente esquina, pensando que él seguiría recto, pero no fue así; él me imitó. Gruñí, y seguí andando. En el siguiente cruce pensé que él volvería a girar y yo seguiría recto. Volví a equivocarme.
Pensé que me estaba volviendo loca, porque había andado ya un tramo y seguía oyendo pasos detrás de mí, así que me giré. Desgraciadamente, no era mi imaginación.
-¿Me estás siguiendo? -le pregunté, mosqueada.
-No. -contestó él con una sonrisa socarrona.
-¡Pues deja de hacerlo! -le espeté, y eché a andar más deprisa.
Pero no funcionó. El chico me siguió también los siguientes cinco minutos.
-¡Que te vayas a tu casa! -le volví a gritar, y él rió.
Qué cuadro tan cómico, pensé. Dos jóvenes bajo aquella lluvia torrencial debían estar dándose un beso o algo así, para que quedase bien. A mí un desconocido me seguía hasta mi casa.
Me empecé a poner muy nerviosa y a andar cada vez más deprisa. Él seguía detrás.
Aceleré aún más, y él volvió a imitarme.
Estaba asustada, corrí. Y él hizo lo mismo.
No sé por qué seguí corriendo hasta mi calle, no sé por qué me asustaba un chico tan jóven, con su mochila y sus vaqueros, con una risa tan dulce, unos ojos tan expresivos...
Mierda, ya había tropezado otra vez. Pero no volví a caer.
Intentando dar un frenazo las zapatillas habían resbalado y yo había caído hacia atrás, pero allí estaba él, que con su risa amable me cogió por detrás y evitó que repitiera el accidente de antes.
-¡Epa! -dijo -¿Eres así de torpe de normal, o solo hoy?
¿Cómo podía estar seco aquel chico que caminaba tras de mí bajo la lluvia?
-Suéltame -me quejé de forma arisca, mientras me desembarazaba de sus brazos.
-Encima que gracias a mí no vuelves a comerte el suelo. -dijo zalamero, secándose las manos en la chaqueta.
-No necesitaba tu ayuda.
-Lo que tú digas.
-Por supuesto que lo que yo diga.
-¿La tienes tomada conmigo o algo? ¿Te debo algo?
¿Que si me debía algo? ¿Quién diablos era aquel chico?
-No, sólo deja de perseguirme y vete a tu casa. -le gruñí.
-Perdón por seguirte corriendo -rió-, me pareció más dramático.
-¿No me digas?
-Sí, pero en lo de irme a mi casa... Bueno, eso intento.
Arqueé una ceja.
-¿Y eso qué quiere decir?
-Pues que por aquí se llega a mi casa.
No quería quedarme a hablar.
-Pues adiós.
-De nada por no dejarte caer.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Capítulo tercero.
Es increíble qué rápido pasa el tiempo cuando lo único que quieres es pararlo.
Mucho antes de lo que hubiese querido llegó la fecha señalada para el principio del curso. Esa mañana no me quedé dormida, simplemente porque no dormí en toda la noche. Todos los años me pasaba igual, y eso que desde primero sabía cómo iba a ser todo el maldito curso.
Elegí con cuidado la ropa, o eso intenté al principio. Tras diez minutos muy largos de pie frente al armario, me cansé de buscar, y cogí unas mayas vaqueras, unas deportivas de lona rojas y una sudadera con capucha del mismo color. Más que cepillarlo, aplasté mi pelo contra la coronilla intentando que no se quedase de punta. No me maquillé, de hecho, traté de no mirarme mucho al espejo, intentando asimilar que tendría la misma cara de muerto todas las mañanas de instituto de mi vida.
Vera llegó tan puntualmente como cada mañana, pero me persuadió de que no cogiera la bicicleta. Yo estaba muy sorprendida.
-Es que ayer volviendo a casa pinché, y me da pereza hincharla, ponerle el parchecito... -rió.
Andando tardamos más, pero Vera había calculado meticulosamente el tiempo y llegamos un poco antes de que sonara la campana de entrada.
Nos habían asignado la clase D, pero no nos perdimos... mucho. Nos costó encontrar el aula donde haríamos tutoría, pero al final no llegamos excesivamente tarde. La nueva tutora era una mujer muy delgada, con el pelo a hermosos tirabuzones dorados y un vestido rojo demasiado llamativo para la ocasión. Hizo la vista gorda cuando entramos después que los demás y buscamos dos pupitres libres al final de la clase.
-Como iba diciendo -continuó, con una voz cansina y tediosa que daba ganas de matarse a cabezazos contra la pared-, me llamo Sandra Erre, y seré vuestra turora este año. Ahora os repartiré una lista de normas que serán imprescindibles durante este curso, puesto que esto ya no es el primer ciclo, y ya no sóis niños.
-¿Normas? -se horrorizó Vera en voz baja. Yo sonreí. Me describía a mí misma como a una rebelde incorformista, pero si había alguien con un serio problema para acatar normas en el pueblo era Vera.
Una chica con gafas y demasiado pintalabios color rosa pálido me pasó un folio lleno de letras impresas y frases numeradas que no me molesté en leer. Paseé la vista entre mis nuevos compañeros.
Algunos de ellos me sonaban, como Sergio Esteban, un chico guapísimo, popular y divertido que estaba convencido de que juntarse conmigo era peor que la muerte, y Elena Boix, la posible futura Miss España y cara de los anuncios de Rímmel London.
Qué aburrimiento. Busqué a Isa para guiñarle un ojo y darle ánimos, pero no tardé en darle un codazo a Vera.
-Tía, ¿has visto a Isa?
Ella salió de su ensimismamiento y me miró primero a mí y después al resto de la clase. Luego se encogió de hombros, indiferente.
-Ya la conoces. -se limitó a decir.
Pasararon los cuarenta minutos más aburridos de mi vida mientras hacía círculos con el dedo en la mesa y leía palabras sueltas del boletín de la profesora. Oí varias veces cómo todos reían cuando la profesora decía con su mo´nótona voz a Sergio: "No me llames cariño, soy la profesora Erre".
No hay nada que a día de hoy quiera destacar de las siguientes horas.
En el patio, Vera y yo cogimos el mismo sitio de siempre, junto a la verja. Era el único sitio donde sentíamos que podíamos irnos si queríamos, aunque nunca lo hacíamos.
Y cuál fue mi sorpresa cuando de repente vimos a Isa llegar corriendo por el otro lado.
-¡Isa! -me sobresalté -¿Pero qué haces?
-Salto la valla. -me contestó desvergonzada, mientras lanzabab su mochila y Vera la alcanzaba haciendo aspavientos.
-Ya, claro, pero ¿por qué?
-Porque mi madre cree que ya llevo tres horas aquí y no es plan de que la bedel se ponga a hacer preguntas, ¿no crees?
-Pues no lo sé.
-Quita, que voy.
Me aparté unos pasos y vi cómo Isa cogía impulso y de un salto pasaba la primera pierna por encima de la valla. Despueés saltó dentro.
Mientras Vera le entregaba su mochila con la expresión de desaprobación más exagerada que he visto nunca, yo me quedé callada. Si decía algo, Isa me contaría su aventura, y no quería saberla.
Mucho antes de lo que hubiese querido llegó la fecha señalada para el principio del curso. Esa mañana no me quedé dormida, simplemente porque no dormí en toda la noche. Todos los años me pasaba igual, y eso que desde primero sabía cómo iba a ser todo el maldito curso.
Elegí con cuidado la ropa, o eso intenté al principio. Tras diez minutos muy largos de pie frente al armario, me cansé de buscar, y cogí unas mayas vaqueras, unas deportivas de lona rojas y una sudadera con capucha del mismo color. Más que cepillarlo, aplasté mi pelo contra la coronilla intentando que no se quedase de punta. No me maquillé, de hecho, traté de no mirarme mucho al espejo, intentando asimilar que tendría la misma cara de muerto todas las mañanas de instituto de mi vida.
Vera llegó tan puntualmente como cada mañana, pero me persuadió de que no cogiera la bicicleta. Yo estaba muy sorprendida.
-Es que ayer volviendo a casa pinché, y me da pereza hincharla, ponerle el parchecito... -rió.
Andando tardamos más, pero Vera había calculado meticulosamente el tiempo y llegamos un poco antes de que sonara la campana de entrada.
Nos habían asignado la clase D, pero no nos perdimos... mucho. Nos costó encontrar el aula donde haríamos tutoría, pero al final no llegamos excesivamente tarde. La nueva tutora era una mujer muy delgada, con el pelo a hermosos tirabuzones dorados y un vestido rojo demasiado llamativo para la ocasión. Hizo la vista gorda cuando entramos después que los demás y buscamos dos pupitres libres al final de la clase.
-Como iba diciendo -continuó, con una voz cansina y tediosa que daba ganas de matarse a cabezazos contra la pared-, me llamo Sandra Erre, y seré vuestra turora este año. Ahora os repartiré una lista de normas que serán imprescindibles durante este curso, puesto que esto ya no es el primer ciclo, y ya no sóis niños.
-¿Normas? -se horrorizó Vera en voz baja. Yo sonreí. Me describía a mí misma como a una rebelde incorformista, pero si había alguien con un serio problema para acatar normas en el pueblo era Vera.
Una chica con gafas y demasiado pintalabios color rosa pálido me pasó un folio lleno de letras impresas y frases numeradas que no me molesté en leer. Paseé la vista entre mis nuevos compañeros.
Algunos de ellos me sonaban, como Sergio Esteban, un chico guapísimo, popular y divertido que estaba convencido de que juntarse conmigo era peor que la muerte, y Elena Boix, la posible futura Miss España y cara de los anuncios de Rímmel London.
Qué aburrimiento. Busqué a Isa para guiñarle un ojo y darle ánimos, pero no tardé en darle un codazo a Vera.
-Tía, ¿has visto a Isa?
Ella salió de su ensimismamiento y me miró primero a mí y después al resto de la clase. Luego se encogió de hombros, indiferente.
-Ya la conoces. -se limitó a decir.
Pasararon los cuarenta minutos más aburridos de mi vida mientras hacía círculos con el dedo en la mesa y leía palabras sueltas del boletín de la profesora. Oí varias veces cómo todos reían cuando la profesora decía con su mo´nótona voz a Sergio: "No me llames cariño, soy la profesora Erre".
No hay nada que a día de hoy quiera destacar de las siguientes horas.
En el patio, Vera y yo cogimos el mismo sitio de siempre, junto a la verja. Era el único sitio donde sentíamos que podíamos irnos si queríamos, aunque nunca lo hacíamos.
Y cuál fue mi sorpresa cuando de repente vimos a Isa llegar corriendo por el otro lado.
-¡Isa! -me sobresalté -¿Pero qué haces?
-Salto la valla. -me contestó desvergonzada, mientras lanzabab su mochila y Vera la alcanzaba haciendo aspavientos.
-Ya, claro, pero ¿por qué?
-Porque mi madre cree que ya llevo tres horas aquí y no es plan de que la bedel se ponga a hacer preguntas, ¿no crees?
-Pues no lo sé.
-Quita, que voy.
Me aparté unos pasos y vi cómo Isa cogía impulso y de un salto pasaba la primera pierna por encima de la valla. Despueés saltó dentro.
Mientras Vera le entregaba su mochila con la expresión de desaprobación más exagerada que he visto nunca, yo me quedé callada. Si decía algo, Isa me contaría su aventura, y no quería saberla.
viernes, 16 de septiembre de 2011
Capítulo segundo.
-Cuánta gente. ¿no? -se sorprendió Vera. Yo asentí con la cabeza, igual de extrañada.
En el porche que daba entrada al instituto se apiñaba como la mitad de los adolescentes del pueblo. No pude contarlos ni reconocer a nadie, pero me fijé en lo nerviosos que parecían todos. Una chica movía los labios en silencio, repasando sus apuntes una y otra vez. Otra, a su lado, se balanceaba mientras cantaba una fórmula matemática o algo así. Había incluso un chico que se pegaba repetidos golpes en la cabeza con la mano mientras cerraba los ojos con fuerza.
Sin embargo, también había un grupo más apartado, un corro de chicos con chupas de cuero y vaqueros con tachuelas y correas que hablaban y reían animadamente en una esquina. Parecían bastante relajados, pensé. Sin darme cuenta empecé a fijarme en ellos uno por uno, para ver si reconocía a alguien, pero debí parecer tonta o enamorada, porque uno se me quedó mirando extrañado. Avergonzada, retiré la mirada.
-Mira, ahí está Isabelle, vamos. -me dijo Vera, señalando a la figura solitaria que había sentada en un escalón.
Nos acercamos, llevando con la mano las bicis.
-Eh, ¿cómo vais? -saludó de forma despreocupada.
Si Vera y yo no teníamos nada en común, deberías ver a Isabelle. Era de espalda ancha, muy alta, de brazos y piernas rollizos y pelo largo tintado de negro. Se pintaba mucho los ojos, pero a aquellas horas tempranas de la mañana ya se le había corrido la máscara de pestañas y parecía que no hubiera dormido en un mes con aquél manchurrón oscuro en los ojos. Mascaba chicle.
-Bien, oye, ¿vas a entrar?
-No sé, vine porque ésta -señaló a Vera - me obligó, pero no he estudiado nada.
-No sé por qué me lo imaginaba. -dije.
Isa rió a carcajadas secas y sonoras que daba un poco de miedo, si queréis saber mi opinión.
-Bueno, ahora que lo pienso... voy a ver las listas y me pienso si entrar, acompañadme. -dijo. Vera y yo apoyamos las bicis allí mismo y la seguimos como pudimos entre el gentío.
Le dirigí a Vera una mirada de: ¿qué hace? , a la que ella contestó levantando una sola ceja en señal de: ¿y yo qué sé? No dejamos de andar hasta que chocamos contra Isa, espachurrándola contra la puerta.
-¡Ay, torpes...! Echaos atrás, intento leer esto. -hicimos caso de su indicación y pudimos ver que tenía el dedo sobre unos papeles impresos pegados a la puerta.
-¿Eso no es la lista de alumnos que tienen que recuperar? -pregunté.
-Sí.
-¿Y qué duda tienes? -reí.
Ella paseó el dedo entre los nombres ordenados alfabéticamente hasta que se paró en uno hacia la mitad. Puse la cabeza sobre su hombro para leer el nombre, pero no hizo falta.
-Javier Ros -dijo en voz alta, mientras daba golpecitos sobre su nombre con el dedo -. Va a pasar a segundo, aunque aquí ponga que le han caído... -pausa para contar- básicamente todas.
-¿Qué pasa con Javier Ros, futuro chico de segundo y suspendido en básicamente todas?
-Que me gusta. Quiero presentarme a los mismos exámenes que él.
-Lo ha suspendido todo -observó Vera-, ¿cómo vas a saber qué exámenes va a hacer?
-Lo sé porque ha venido, pero no se va a quedar mucho tiempo. Hará el primero, se cansará y se irá.
Dicho esto se giró hacia nosotras muy sonriente, orgullosa de su deducción.
-A veces das miedo, ¿lo sabías? -le dije.
-Sí, pero me da igual, voy a conocer a Javier Ros.
-Pues eso está pero que muy bien, siempre siendo optimista, Isa. -le felicitó Vera.
En ese momento un ruido muy molesto salió de los amplificadores que había colgados a ambos lados del porche, un pitido que nos hizo estremecer a todos. A continuación, una voz aguda y casi tan molesta como el ruido del micrófono nos habló con fingida amabilidad:
-Por favor, todos los alumnos del instituto Número Tres que tengan un examen de matemáticas a las nueve horas y treinta minutos, que pasen al aula de Biología teórica del primer pasillo. Ordenadamente, gracias.
El gentío empezó a movilizarse, y nosotras que estábamos las primeras fuimos aplastadas contra la puerta. La abrimos con dificultad y pasamos al amplio vestíbulo.
-¡Buena suerte! -oí gritar detrás de mí. Era Vera, que se había quedado atascada fuera. Me giré pero no la vi, ya estaban entrando todos e Isa me cogió del brazo para guiarme hasta el primer pasillo.
En el porche que daba entrada al instituto se apiñaba como la mitad de los adolescentes del pueblo. No pude contarlos ni reconocer a nadie, pero me fijé en lo nerviosos que parecían todos. Una chica movía los labios en silencio, repasando sus apuntes una y otra vez. Otra, a su lado, se balanceaba mientras cantaba una fórmula matemática o algo así. Había incluso un chico que se pegaba repetidos golpes en la cabeza con la mano mientras cerraba los ojos con fuerza.
Sin embargo, también había un grupo más apartado, un corro de chicos con chupas de cuero y vaqueros con tachuelas y correas que hablaban y reían animadamente en una esquina. Parecían bastante relajados, pensé. Sin darme cuenta empecé a fijarme en ellos uno por uno, para ver si reconocía a alguien, pero debí parecer tonta o enamorada, porque uno se me quedó mirando extrañado. Avergonzada, retiré la mirada.
-Mira, ahí está Isabelle, vamos. -me dijo Vera, señalando a la figura solitaria que había sentada en un escalón.
Nos acercamos, llevando con la mano las bicis.
-Eh, ¿cómo vais? -saludó de forma despreocupada.
Si Vera y yo no teníamos nada en común, deberías ver a Isabelle. Era de espalda ancha, muy alta, de brazos y piernas rollizos y pelo largo tintado de negro. Se pintaba mucho los ojos, pero a aquellas horas tempranas de la mañana ya se le había corrido la máscara de pestañas y parecía que no hubiera dormido en un mes con aquél manchurrón oscuro en los ojos. Mascaba chicle.
-Bien, oye, ¿vas a entrar?
-No sé, vine porque ésta -señaló a Vera - me obligó, pero no he estudiado nada.
-No sé por qué me lo imaginaba. -dije.
Isa rió a carcajadas secas y sonoras que daba un poco de miedo, si queréis saber mi opinión.
-Bueno, ahora que lo pienso... voy a ver las listas y me pienso si entrar, acompañadme. -dijo. Vera y yo apoyamos las bicis allí mismo y la seguimos como pudimos entre el gentío.
Le dirigí a Vera una mirada de: ¿qué hace? , a la que ella contestó levantando una sola ceja en señal de: ¿y yo qué sé? No dejamos de andar hasta que chocamos contra Isa, espachurrándola contra la puerta.
-¡Ay, torpes...! Echaos atrás, intento leer esto. -hicimos caso de su indicación y pudimos ver que tenía el dedo sobre unos papeles impresos pegados a la puerta.
-¿Eso no es la lista de alumnos que tienen que recuperar? -pregunté.
-Sí.
-¿Y qué duda tienes? -reí.
Ella paseó el dedo entre los nombres ordenados alfabéticamente hasta que se paró en uno hacia la mitad. Puse la cabeza sobre su hombro para leer el nombre, pero no hizo falta.
-Javier Ros -dijo en voz alta, mientras daba golpecitos sobre su nombre con el dedo -. Va a pasar a segundo, aunque aquí ponga que le han caído... -pausa para contar- básicamente todas.
-¿Qué pasa con Javier Ros, futuro chico de segundo y suspendido en básicamente todas?
-Que me gusta. Quiero presentarme a los mismos exámenes que él.
-Lo ha suspendido todo -observó Vera-, ¿cómo vas a saber qué exámenes va a hacer?
-Lo sé porque ha venido, pero no se va a quedar mucho tiempo. Hará el primero, se cansará y se irá.
Dicho esto se giró hacia nosotras muy sonriente, orgullosa de su deducción.
-A veces das miedo, ¿lo sabías? -le dije.
-Sí, pero me da igual, voy a conocer a Javier Ros.
-Pues eso está pero que muy bien, siempre siendo optimista, Isa. -le felicitó Vera.
En ese momento un ruido muy molesto salió de los amplificadores que había colgados a ambos lados del porche, un pitido que nos hizo estremecer a todos. A continuación, una voz aguda y casi tan molesta como el ruido del micrófono nos habló con fingida amabilidad:
-Por favor, todos los alumnos del instituto Número Tres que tengan un examen de matemáticas a las nueve horas y treinta minutos, que pasen al aula de Biología teórica del primer pasillo. Ordenadamente, gracias.
El gentío empezó a movilizarse, y nosotras que estábamos las primeras fuimos aplastadas contra la puerta. La abrimos con dificultad y pasamos al amplio vestíbulo.
-¡Buena suerte! -oí gritar detrás de mí. Era Vera, que se había quedado atascada fuera. Me giré pero no la vi, ya estaban entrando todos e Isa me cogió del brazo para guiarme hasta el primer pasillo.
Capítulo primero.
Cuando abrí los ojos creí que aún estaba soñando. Me restregué la cara y volví a mirar, intentando enfocar mejor.
No era un sueño, Álec estaba realmente allí, en calzoncillos, rebuscando en mi escritorio. Intenté llamarlo por su nombre, pero solo logré soltar un gruñido ronco. Cuando lo oyó, se giró y me dedicó una sonrisa blanca y perfecta.
-Por fin te despiertas, buenos días. -saludó alegremente.
Bostecé sonoramente y me froté los hombros. Llevaba la ropa del día de ayer y no estaba tapada. Debería, porque tenía frío.
-Te quedaste dormida ayer, ¿te acuerdas? Mamá quiere que te vistas y vayas a la prueba de mates.
Aaaah, mierda... El examen. Al menos ya estaba vestida, pensé, aunque no tenía claro si aquello era adecuado.
Me levanté casi de un salto y corrí a la cocina sin molestarme en preguntar a Álec por el paradero de su ropa ni la finalidad de su búsqueda. La cocina estaba vacía, así que me serví un poco de leche en una taza, la mezclé con una cucharada de cacao en polvo y tras apretar el botón, alcancé el teléfono para marcar el numero de Vera.
¿Recordáis que dije que no tenía muchas amigas? El caso es que tengo dos, las mejores amigas que puede tener una chica solitaria como yo. Mi mejor amiga y a la que siempre llamo para cualquier tontería es a Primavera, otra desgraciada que ha tenido que buscar un mote para continuar normalmente con su vida. Vera es totalmente opuesta a mí, pero la quiero sin razón, porque es la persona que se dedica a dibujarme sonrisas cuando más la necesito.
La otra chica se llama Isabelle, y llegó al instituto el año pasado. Es rara, para algunos desagradable, pero también la quiero, y de todas formas no creo que pudiera encontrar otras amigas.
Vera cogió el teléfono tan contenta como siempre.
-¡Buenos días! -saludó entre risas.
-Lo serán para ti, porque yo tengo un examen en... -consulté el reloj de la cocina- quince minutos.
-Querida Tabi, para mí siempre son buenos, y el tiempo te da de sobra, pasaré a por ti en cinco.
-¿Cinco? ¿Estás loca?
-Algo así.
-Ni si quiera he desayunado.
-Pues vas a tener que darte prisa, porque ya estoy a punto de salir.
-Vera, ni se te ocurra colgarme ahora, porque siempre que te llamo vas con prisas y me dejas con la palabra en...
-¡Date prisa y deja de parlotear como mi abuelo! Cuatro minutos.
Fin de la conversación telefónica. Vera era increíble.
¿Alguna vez habéis desayunado, os habéis peinado, lavado los dientes, buscado un lápiz perdido y sacado una bici del garaje en cuatro minutos? ¿No? Pues yo tampoco.
Cuando vi a Vera aún me quedaban pegotes de pasta de dientes de menta en la boca y como no había encontrado mi lápiz perdido llevaba en la mano izquierda el estuche de Álec. Intentaba quitarle el candado a la rueda de la bici cuando una cabellera rubia platino muy rizada asomó por la puerta.
-¿Tabi? -llamó.
-Ya voy, intento... -con un aullido lastimero conseguí abrir el candado, me había pillado el dedo.
Vera rió.
-Muévete, que no llegamos. -apremió.
-Pero si tú no tienes que hacer ningún examen.
-Ya, pero te acompaño porque soy la mejor.
-¿También me metes prisa porque eres la mejor?
-No, eso es porque Isabelle también va a ir, y estará esperando.
Saqué la bici cogiéndola con una mano por el manillar, salí a la calle y cerré la puerta. Era una mañana fría de septiembre que ponía la piel de gallina a todos menos a Vera, que iba vestida como si fuese julio, con unas deportivas de lona, una falda corta vaquera y una camiseta de manga corta naranja chillón.
Tal vez Vera no fuera muy discreta a la hora de elegir la ropa, pero sí era guapísima. Su pelo rubio claro era natural, y aunque muy ensortijado, eso no era un problema, pues la chica solía recogerlo en todo tipo de trenzas y coletas. Ese día llevaba unas largas trenzas con cintas verdes intercaladas. Tenía los ojos grandes y azules y la piel clara.
-Seguramente Isabelle no vaya, lo sabes. No tiene interés en recuperar ninguna. -le dije, mientras ambas subimos a nuestras bicicletas y empezábamos a pedalear. Yo no era muy amante de las ruedas, y menos cerca de Vera, que solía tener muchos accidentes, pero a mi amiga le encantaba montar en bicicleta y siempre que me acompañaba a algún sitio procuraba traerla.
-Puede ser, yo intenté convencerla de que viniera.
-¿A cuál?
-A todos.
Resoplé. Era imposible que Isabelle hiciera todos los exámenes, puesto que además dudaba de que hubiera tocado un libro aquel verano.
Pedaleamos mientras hablábamos de tonterías como unos cinco o diez minutos antes de llegar al instituto.
¿Recordáis que dije que no tenía muchas amigas? El caso es que tengo dos, las mejores amigas que puede tener una chica solitaria como yo. Mi mejor amiga y a la que siempre llamo para cualquier tontería es a Primavera, otra desgraciada que ha tenido que buscar un mote para continuar normalmente con su vida. Vera es totalmente opuesta a mí, pero la quiero sin razón, porque es la persona que se dedica a dibujarme sonrisas cuando más la necesito.
La otra chica se llama Isabelle, y llegó al instituto el año pasado. Es rara, para algunos desagradable, pero también la quiero, y de todas formas no creo que pudiera encontrar otras amigas.
Vera cogió el teléfono tan contenta como siempre.
-¡Buenos días! -saludó entre risas.
-Lo serán para ti, porque yo tengo un examen en... -consulté el reloj de la cocina- quince minutos.
-Querida Tabi, para mí siempre son buenos, y el tiempo te da de sobra, pasaré a por ti en cinco.
-¿Cinco? ¿Estás loca?
-Algo así.
-Ni si quiera he desayunado.
-Pues vas a tener que darte prisa, porque ya estoy a punto de salir.
-Vera, ni se te ocurra colgarme ahora, porque siempre que te llamo vas con prisas y me dejas con la palabra en...
-¡Date prisa y deja de parlotear como mi abuelo! Cuatro minutos.
Fin de la conversación telefónica. Vera era increíble.
¿Alguna vez habéis desayunado, os habéis peinado, lavado los dientes, buscado un lápiz perdido y sacado una bici del garaje en cuatro minutos? ¿No? Pues yo tampoco.
Cuando vi a Vera aún me quedaban pegotes de pasta de dientes de menta en la boca y como no había encontrado mi lápiz perdido llevaba en la mano izquierda el estuche de Álec. Intentaba quitarle el candado a la rueda de la bici cuando una cabellera rubia platino muy rizada asomó por la puerta.
-¿Tabi? -llamó.
-Ya voy, intento... -con un aullido lastimero conseguí abrir el candado, me había pillado el dedo.
Vera rió.
-Muévete, que no llegamos. -apremió.
-Pero si tú no tienes que hacer ningún examen.
-Ya, pero te acompaño porque soy la mejor.
-¿También me metes prisa porque eres la mejor?
-No, eso es porque Isabelle también va a ir, y estará esperando.
Saqué la bici cogiéndola con una mano por el manillar, salí a la calle y cerré la puerta. Era una mañana fría de septiembre que ponía la piel de gallina a todos menos a Vera, que iba vestida como si fuese julio, con unas deportivas de lona, una falda corta vaquera y una camiseta de manga corta naranja chillón.
Tal vez Vera no fuera muy discreta a la hora de elegir la ropa, pero sí era guapísima. Su pelo rubio claro era natural, y aunque muy ensortijado, eso no era un problema, pues la chica solía recogerlo en todo tipo de trenzas y coletas. Ese día llevaba unas largas trenzas con cintas verdes intercaladas. Tenía los ojos grandes y azules y la piel clara.
-Seguramente Isabelle no vaya, lo sabes. No tiene interés en recuperar ninguna. -le dije, mientras ambas subimos a nuestras bicicletas y empezábamos a pedalear. Yo no era muy amante de las ruedas, y menos cerca de Vera, que solía tener muchos accidentes, pero a mi amiga le encantaba montar en bicicleta y siempre que me acompañaba a algún sitio procuraba traerla.
-Puede ser, yo intenté convencerla de que viniera.
-¿A cuál?
-A todos.
Resoplé. Era imposible que Isabelle hiciera todos los exámenes, puesto que además dudaba de que hubiera tocado un libro aquel verano.
Pedaleamos mientras hablábamos de tonterías como unos cinco o diez minutos antes de llegar al instituto.
jueves, 15 de septiembre de 2011
PRÓLOGO
-Pero si ni me estás escuchando...
-¿Eh? Pues claro que sí, sigue hablando mientras yo...
-... sigo en luna.
-¡Que no! -repliqué aburrida. Aunque era verdad, estaba distraída.
Trevor y yo estábamos sentados en la mesa del comedor, igual que hacía casi dos horas. Él intentaba sin éxito explicarme por última vez cómo calcular el área de los prismas que tenía dibujados en una hoja de papel ante mí.
-Tabi, si no tienes interés me voy, porque parece que esté hablando con la pared.
Yo hundí la cara entre las manos.
-Lo siento mucho, Trevor, pero es que no me puedo concentrar. El examen es mañana y no... no puedo.
-¡Claro que puedes! Llevas meses preparándote, solo estamos repasando. Ahora, si no prestas atención al repaso, no puedo hacer nada más por ti.
-Llevamos como dos horas así, ¿podemos tomar un descanso?
Él suspiró y se levantó de la silla, dejando caer el fajo de papeles impresos con el que trabajábamos sobre la mesa.
-Como quieras, yo voy a ducharme. Avísame si quieres seguir luego.
-Vale, gracias, de verdad.
-De nada.
Lo observé marchar. Trevor era, desde hacía catorce años, mi hermano gemelo. Nuestro físico podía se razonablemente parecido, pero éramos dos personas completamente distintas. Ambos éramos más o menos altos, más o menos delgados y más o menos guapos, en este caso él más que yo. Trevor llevaba el pelo más bien largo, aunque sin llegar a dejarse melena, ondulado, del mismo color castaño almendrado que yo. También compartíamos ojos grandes y oscuros y muchas pecas repartidas por todo el cuerpo. En cuanto a la cuestión psicológica, Trevor era una chico centrado, estudioso, la mayor parte del tiempo serio. Tenía un amplio grupo de amigos populares y divertidos, a pesar de que él pasaba horas estudiando para saberse al dedillo todos los exámenes y sus estúpidos amigos no.
De mí es difícil hablar. Soy una incomprendida, un poco rebelde, sin muchos amigos, amante de la música y las novelas de suspense. Así es como me gusta definirme, aunque los demás no lo sepan porque nunca esperan una definición. Tengo fama de apestada desde que entré en la secundaria, dos años atrás del día que os narro. Como habréis adivinado tras la conversación con Trevor, llevaba todo el verano preparándome para el examen de matemáticas que me esperaba antes de pasar a tercero de la ESO.
Álec entró en el salón con un bol rebosante de mi helado de chocolate favorito.
Tal vez es hora de que os hable de mi familia para no volveros a sorprender cuando alguno de mis hermanos entre en escena.
En mi familia somos cuatro hermanos, mi madre y mi tía Elisa.
El mayor de nosotros es Lucio, que estudia en la universidad, en la ciudad. Se pasa a comer cada una o dos semanas, puesto que no está viviendo muy lejos. Le sigue Álec, el guaperas, el popular, el mejor en todo. Para todos es un misterio por qué a Álec heredó ese hermoso flequillo rubio y los demás somos todos castaños. Los más jóvenes somos Trevor y yo.
Mi madre Cora es la culpable de que todos tengamos nombres raros. Es tremendamente trabajadora, muy cariñosa y un poco maniática. Elisa es su hermana pequeña, vive con nosotros desde hace como tres años, para ayudar a la economía de la casa y cuidar de nosotros.
Ya estamos todos.
-¿Otra vez comiendo de mi helado?
-Calla, si tú ni lo tocas desde hace...
-¿Un día?
-Bueno, no lo sé, está bueno, calla.
Se tiró en el sofá, encendió la tele, puso la MTV y le subió el volumen casi al máximo. Yo recogí mis cosas de la mesa resoplando, indignada por el sutil método de Álec para echarme del salón, y me encerré en mi habitación.
Hay que decir que ser la niña de la familia puede ser difícil y frustrante la mayoría del tiempo, pero al menos tengo una habitación para mí sola. No somos precisamente ricos ni tenemos una casa grande para todos los que somos, así que Álec, Trevor y Lucio cuando está en casa comparten la habitación grande mientras yo ocupo sola la pequeña.
Metí los libros en un cajón del escritorio elegido al azar. Debería seguir repasando, pero tenía la sensación de que por mucho empeño que pusiera aquella noche, a la mañana siguiente sabría lo mismo que en ese momento.
Me eché en la cama bocabajo, exhausta. La organización del instituto no iba a dejarme un respiro: a la mañana siguiente tenía el examen de matemáticas, por la tarde expondrían las notas en la puerta del centro y un día después cursaría tercero.
Aaaaaahhhhh tercero... tenía ganas de gritar. Como si no hubiera sido suficientemente malo segundo...
Me quedé dormida solo un momento después, y a la tía Elisa le dio pena despertarme. "Ya desayunará fuerte mañana", debió pensar.
-¿Eh? Pues claro que sí, sigue hablando mientras yo...
-... sigo en luna.
-¡Que no! -repliqué aburrida. Aunque era verdad, estaba distraída.
Trevor y yo estábamos sentados en la mesa del comedor, igual que hacía casi dos horas. Él intentaba sin éxito explicarme por última vez cómo calcular el área de los prismas que tenía dibujados en una hoja de papel ante mí.
-Tabi, si no tienes interés me voy, porque parece que esté hablando con la pared.
Yo hundí la cara entre las manos.
-Lo siento mucho, Trevor, pero es que no me puedo concentrar. El examen es mañana y no... no puedo.
-¡Claro que puedes! Llevas meses preparándote, solo estamos repasando. Ahora, si no prestas atención al repaso, no puedo hacer nada más por ti.
-Llevamos como dos horas así, ¿podemos tomar un descanso?
Él suspiró y se levantó de la silla, dejando caer el fajo de papeles impresos con el que trabajábamos sobre la mesa.
-Como quieras, yo voy a ducharme. Avísame si quieres seguir luego.
-Vale, gracias, de verdad.
-De nada.
Lo observé marchar. Trevor era, desde hacía catorce años, mi hermano gemelo. Nuestro físico podía se razonablemente parecido, pero éramos dos personas completamente distintas. Ambos éramos más o menos altos, más o menos delgados y más o menos guapos, en este caso él más que yo. Trevor llevaba el pelo más bien largo, aunque sin llegar a dejarse melena, ondulado, del mismo color castaño almendrado que yo. También compartíamos ojos grandes y oscuros y muchas pecas repartidas por todo el cuerpo. En cuanto a la cuestión psicológica, Trevor era una chico centrado, estudioso, la mayor parte del tiempo serio. Tenía un amplio grupo de amigos populares y divertidos, a pesar de que él pasaba horas estudiando para saberse al dedillo todos los exámenes y sus estúpidos amigos no.
De mí es difícil hablar. Soy una incomprendida, un poco rebelde, sin muchos amigos, amante de la música y las novelas de suspense. Así es como me gusta definirme, aunque los demás no lo sepan porque nunca esperan una definición. Tengo fama de apestada desde que entré en la secundaria, dos años atrás del día que os narro. Como habréis adivinado tras la conversación con Trevor, llevaba todo el verano preparándome para el examen de matemáticas que me esperaba antes de pasar a tercero de la ESO.
Álec entró en el salón con un bol rebosante de mi helado de chocolate favorito.
Tal vez es hora de que os hable de mi familia para no volveros a sorprender cuando alguno de mis hermanos entre en escena.
En mi familia somos cuatro hermanos, mi madre y mi tía Elisa.
El mayor de nosotros es Lucio, que estudia en la universidad, en la ciudad. Se pasa a comer cada una o dos semanas, puesto que no está viviendo muy lejos. Le sigue Álec, el guaperas, el popular, el mejor en todo. Para todos es un misterio por qué a Álec heredó ese hermoso flequillo rubio y los demás somos todos castaños. Los más jóvenes somos Trevor y yo.
Mi madre Cora es la culpable de que todos tengamos nombres raros. Es tremendamente trabajadora, muy cariñosa y un poco maniática. Elisa es su hermana pequeña, vive con nosotros desde hace como tres años, para ayudar a la economía de la casa y cuidar de nosotros.
Ya estamos todos.
-¿Otra vez comiendo de mi helado?
-Calla, si tú ni lo tocas desde hace...
-¿Un día?
-Bueno, no lo sé, está bueno, calla.
Se tiró en el sofá, encendió la tele, puso la MTV y le subió el volumen casi al máximo. Yo recogí mis cosas de la mesa resoplando, indignada por el sutil método de Álec para echarme del salón, y me encerré en mi habitación.
Hay que decir que ser la niña de la familia puede ser difícil y frustrante la mayoría del tiempo, pero al menos tengo una habitación para mí sola. No somos precisamente ricos ni tenemos una casa grande para todos los que somos, así que Álec, Trevor y Lucio cuando está en casa comparten la habitación grande mientras yo ocupo sola la pequeña.
Metí los libros en un cajón del escritorio elegido al azar. Debería seguir repasando, pero tenía la sensación de que por mucho empeño que pusiera aquella noche, a la mañana siguiente sabría lo mismo que en ese momento.
Me eché en la cama bocabajo, exhausta. La organización del instituto no iba a dejarme un respiro: a la mañana siguiente tenía el examen de matemáticas, por la tarde expondrían las notas en la puerta del centro y un día después cursaría tercero.
Aaaaaahhhhh tercero... tenía ganas de gritar. Como si no hubiera sido suficientemente malo segundo...
Me quedé dormida solo un momento después, y a la tía Elisa le dio pena despertarme. "Ya desayunará fuerte mañana", debió pensar.
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