Es increíble qué rápido pasa el tiempo cuando lo único que quieres es pararlo.
Mucho antes de lo que hubiese querido llegó la fecha señalada para el principio del curso. Esa mañana no me quedé dormida, simplemente porque no dormí en toda la noche. Todos los años me pasaba igual, y eso que desde primero sabía cómo iba a ser todo el maldito curso.
Elegí con cuidado la ropa, o eso intenté al principio. Tras diez minutos muy largos de pie frente al armario, me cansé de buscar, y cogí unas mayas vaqueras, unas deportivas de lona rojas y una sudadera con capucha del mismo color. Más que cepillarlo, aplasté mi pelo contra la coronilla intentando que no se quedase de punta. No me maquillé, de hecho, traté de no mirarme mucho al espejo, intentando asimilar que tendría la misma cara de muerto todas las mañanas de instituto de mi vida.
Vera llegó tan puntualmente como cada mañana, pero me persuadió de que no cogiera la bicicleta. Yo estaba muy sorprendida.
-Es que ayer volviendo a casa pinché, y me da pereza hincharla, ponerle el parchecito... -rió.
Andando tardamos más, pero Vera había calculado meticulosamente el tiempo y llegamos un poco antes de que sonara la campana de entrada.
Nos habían asignado la clase D, pero no nos perdimos... mucho. Nos costó encontrar el aula donde haríamos tutoría, pero al final no llegamos excesivamente tarde. La nueva tutora era una mujer muy delgada, con el pelo a hermosos tirabuzones dorados y un vestido rojo demasiado llamativo para la ocasión. Hizo la vista gorda cuando entramos después que los demás y buscamos dos pupitres libres al final de la clase.
-Como iba diciendo -continuó, con una voz cansina y tediosa que daba ganas de matarse a cabezazos contra la pared-, me llamo Sandra Erre, y seré vuestra turora este año. Ahora os repartiré una lista de normas que serán imprescindibles durante este curso, puesto que esto ya no es el primer ciclo, y ya no sóis niños.
-¿Normas? -se horrorizó Vera en voz baja. Yo sonreí. Me describía a mí misma como a una rebelde incorformista, pero si había alguien con un serio problema para acatar normas en el pueblo era Vera.
Una chica con gafas y demasiado pintalabios color rosa pálido me pasó un folio lleno de letras impresas y frases numeradas que no me molesté en leer. Paseé la vista entre mis nuevos compañeros.
Algunos de ellos me sonaban, como Sergio Esteban, un chico guapísimo, popular y divertido que estaba convencido de que juntarse conmigo era peor que la muerte, y Elena Boix, la posible futura Miss España y cara de los anuncios de Rímmel London.
Qué aburrimiento. Busqué a Isa para guiñarle un ojo y darle ánimos, pero no tardé en darle un codazo a Vera.
-Tía, ¿has visto a Isa?
Ella salió de su ensimismamiento y me miró primero a mí y después al resto de la clase. Luego se encogió de hombros, indiferente.
-Ya la conoces. -se limitó a decir.
Pasararon los cuarenta minutos más aburridos de mi vida mientras hacía círculos con el dedo en la mesa y leía palabras sueltas del boletín de la profesora. Oí varias veces cómo todos reían cuando la profesora decía con su mo´nótona voz a Sergio: "No me llames cariño, soy la profesora Erre".
No hay nada que a día de hoy quiera destacar de las siguientes horas.
En el patio, Vera y yo cogimos el mismo sitio de siempre, junto a la verja. Era el único sitio donde sentíamos que podíamos irnos si queríamos, aunque nunca lo hacíamos.
Y cuál fue mi sorpresa cuando de repente vimos a Isa llegar corriendo por el otro lado.
-¡Isa! -me sobresalté -¿Pero qué haces?
-Salto la valla. -me contestó desvergonzada, mientras lanzabab su mochila y Vera la alcanzaba haciendo aspavientos.
-Ya, claro, pero ¿por qué?
-Porque mi madre cree que ya llevo tres horas aquí y no es plan de que la bedel se ponga a hacer preguntas, ¿no crees?
-Pues no lo sé.
-Quita, que voy.
Me aparté unos pasos y vi cómo Isa cogía impulso y de un salto pasaba la primera pierna por encima de la valla. Despueés saltó dentro.
Mientras Vera le entregaba su mochila con la expresión de desaprobación más exagerada que he visto nunca, yo me quedé callada. Si decía algo, Isa me contaría su aventura, y no quería saberla.
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