Pasó la primera semana de curso con normalidad, y olvidé el incidente con el desconocido-acosador bajo la lluvia. El día de después, se lo conté a Vera y ella me miró con ojos soñadores, diciendo cosas como "¡Qué bonito! ¡Ojalá me pasasen cosas así a mí! ¿Por qué le dijiste eso? Te pasaste de borde...". A Isa no se lo conté porque no tuve ocasión, y tampoco me importaba demasiado.
El primer sábado del curso, pasé el día hablando por teléfono con Vera e intentando convencerla de que abortara el plan revolucionario que tenía pensado para el tercer curso. Por la noche, Isa me llevó a una discomóvil de un pueblo cercano que me aburrió terriblemente.
El domingo intenté pasarlo sin salir de la cama, pero fue imposible porque fue el día que Lucio eligió para venir a hacerle una visita a su querida familia. Llamé a Vera por la tarde para ir a ver el partido de Álec, pero cayó enferma así que tuve que ir sola.
Y allí estaba yo.
Sepáis que en el pueblo las nubes van y vienen como quieren, por ejemplo, esa tarde hacía un sol que mataba. Anduve con Álec hasta el campo de fútbol y me despedí de él cuando llegamos a la puerta de los vestuarios.
El campo de fútbol era como la única construcción del pueblo que no parecía estar construída cincuenta años atrás. Era bastante modesto comparado con los de las ciudades, pero no estaba mal. Tenía unas gradas por debajo de las cuales, mediante unas escaleras algo cochambrosas se llegaba a los vestuarios. Los asientos de plástico (malo, todo sea dicho) estaban sólo a un lado del campo, protegidos por una enorme plancha metálica que los cubría de la lluvia y el sol. El campo era de césped desgastado por las pisadas de las botas de los chavales y estaba marcado por las típicas lineas blancas que yo nunca voy a entender. Pero, sin duda ninguna, lo mejor del campo era que a lado había un pequeño puesto donde vendían refrescos y golosinas.
Me acerqué y compré una bolsa de gominolas variadas de todos los colores. Después, mientras masticaba un osito dulce y gomoso, me senté en una de las últimas filas de las gradas. No sabía cuánto duraría el partido, pero esperaba que poco.
Ya llevaba como media hora comiendo gominolas y mirando el campo. El equipo de Álec había salido, triunfante, recibiendo vítores de los pocos que éramos en las gradas. Su equipo vestía camisetas y calzas azules, mientras que el equipo contrario vestía de blanco. Me aburría, y de repente, ¡zas!
-¡Hombre, pero mira quién está aquí!
Maldije en silencio mientras me giraba hacia la procedencia de una voz conocida. Su pelo parecía más rubio a la luz del sol.
-Vaya. -me quejé a modo de saludo, y volví a repantigarme en mi asiento, cara al partido.
Él se acercó trotando, muy sonriente.
-¿Qué tal?
-Mira, que hayamos hablado una vez no significa que seamos amigos, ¿vale? -le respondí arisca.
Metió la mano en mi bolsa de golosinas antes de que pudiera impedirlo.
-Bueno, bueno, qué humos -comentó él, mordiendo una ballena azul de azúcar-, con lo bueno que soy yo contigo.
Se dejó caer en el asiento vacío que había a mi lado.
-¿Qué haces...
-...aquí tan solita, guapa? -completó él. Yo le dediqué una sonrisa irónica.
-¿Cómo has adivinado el final de mi pregunta?
Él rió. Qué risa tan natural.
-Vale, contestamos los dos, empiezo yo.
Negué con la cabeza.
-Yo no he...
-En realidad -me interrumpió él. ¿Por qué carajos no me dejaba acabar mis frases?- no estoy tan solita como parece. Vengo con unos amigos.
Señaló con la cabeza a un grupo grande de personas. Había chicas con faldas ajustadas de colores y chicos guapos, demasiado ocupados en los culos de las chicas con faldas ajustadas de lo que a mí me gustaría si fuera ellas.
-Dirás más bien amigas.-comenté. Pór la forma en que reían parecían las típicas chicas populares tan guapas y coquetas como tontas perdidas.
-Sí, más bien. Te toca.
-Pues... -¿debía contarle a aquel amable, guapo y muy popular desconocido mi vida?- mi amiga ha caído enferma.
Mierda, Tabi.
-¿Y tu novio dónde está?
-¿Mi novio? ¿Te refieres a ese alto, cachas y morenazo que se da un aire a Taylor Lautner? Ojalá lo supiera.
Volvió a reír.
-¿Siempre eres así? -inquirió.
Le alcé la vista a los ojos. En ellos leí una sonrisa si cabe aún más bonita que la de sus labios.
-¿Así cómo?
-Así tan... divertida.
-¿Soy divertida o más bien... irónica?
-Divertida tirando a guapa.
Por fin me tocaba a mí reír. Lo hice con gusto.
-¡Mi despampanante belleza física no viene a cuento ahora! -le dije. Reímos juntos, y qué bien se sentía.
Una chica del grupo levantó los ojos de su teléfono móvil.
Tenía el pelo lacio, rubio y largo, aunque sin brillo, y llevaba una generosa cantidad de maquillaje en la cara y un vestido de verano de tonos azules que en mi opinión le estaba pequeño. Por la expresión de su cara me recordó a un perrito perdido.
-¿Les has dicho a tus amigas que ibas a desaparecer de su campo de visión?
-¿Qué? Hum... sí, ¿por?
-Tori Praver abda sin rumbo. -comenté, mirándola.
-¿Quién? -él se giró y vio a la rubia buscándole con la mirada-¡Ah! Es Thais, es muy maja.
-Y exáctamente igual todas las demás, ¿verdad?
-Oye, ¿qué insinuas? Son todas muy simpáticas.
Pensé en Vera, que nada tendría que envidiar a aquellas chicas tan guapas. Es verdad que su pelo era mucho más rizado que el de ninguna, pero tenía un cuerpo bien proporcionado y una cara sin maquillaje mucho más bonita que las de algunas que sí llevaban. ¿Podría Vera ser popular?
De repente, algo en el campo llamó la atención de todos en las gradas. Se oían ritos y murmullos de todos, que miraban al campo con cara de sorpresa. Me levanté y miré abajo, donde Álec estaba pegándose a puñetazo limpio con un compañero de su mismo equipo.