-Pero si ni me estás escuchando...
-¿Eh? Pues claro que sí, sigue hablando mientras yo...
-... sigo en luna.
-¡Que no! -repliqué aburrida. Aunque era verdad, estaba distraída.
Trevor y yo estábamos sentados en la mesa del comedor, igual que hacía casi dos horas. Él intentaba sin éxito explicarme por última vez cómo calcular el área de los prismas que tenía dibujados en una hoja de papel ante mí.
-Tabi, si no tienes interés me voy, porque parece que esté hablando con la pared.
Yo hundí la cara entre las manos.
-Lo siento mucho, Trevor, pero es que no me puedo concentrar. El examen es mañana y no... no puedo.
-¡Claro que puedes! Llevas meses preparándote, solo estamos repasando. Ahora, si no prestas atención al repaso, no puedo hacer nada más por ti.
-Llevamos como dos horas así, ¿podemos tomar un descanso?
Él suspiró y se levantó de la silla, dejando caer el fajo de papeles impresos con el que trabajábamos sobre la mesa.
-Como quieras, yo voy a ducharme. Avísame si quieres seguir luego.
-Vale, gracias, de verdad.
-De nada.
Lo observé marchar. Trevor era, desde hacía catorce años, mi hermano gemelo. Nuestro físico podía se razonablemente parecido, pero éramos dos personas completamente distintas. Ambos éramos más o menos altos, más o menos delgados y más o menos guapos, en este caso él más que yo. Trevor llevaba el pelo más bien largo, aunque sin llegar a dejarse melena, ondulado, del mismo color castaño almendrado que yo. También compartíamos ojos grandes y oscuros y muchas pecas repartidas por todo el cuerpo. En cuanto a la cuestión psicológica, Trevor era una chico centrado, estudioso, la mayor parte del tiempo serio. Tenía un amplio grupo de amigos populares y divertidos, a pesar de que él pasaba horas estudiando para saberse al dedillo todos los exámenes y sus estúpidos amigos no.
De mí es difícil hablar. Soy una incomprendida, un poco rebelde, sin muchos amigos, amante de la música y las novelas de suspense. Así es como me gusta definirme, aunque los demás no lo sepan porque nunca esperan una definición. Tengo fama de apestada desde que entré en la secundaria, dos años atrás del día que os narro. Como habréis adivinado tras la conversación con Trevor, llevaba todo el verano preparándome para el examen de matemáticas que me esperaba antes de pasar a tercero de la ESO.
Álec entró en el salón con un bol rebosante de mi helado de chocolate favorito.
Tal vez es hora de que os hable de mi familia para no volveros a sorprender cuando alguno de mis hermanos entre en escena.
En mi familia somos cuatro hermanos, mi madre y mi tía Elisa.
El mayor de nosotros es Lucio, que estudia en la universidad, en la ciudad. Se pasa a comer cada una o dos semanas, puesto que no está viviendo muy lejos. Le sigue Álec, el guaperas, el popular, el mejor en todo. Para todos es un misterio por qué a Álec heredó ese hermoso flequillo rubio y los demás somos todos castaños. Los más jóvenes somos Trevor y yo.
Mi madre Cora es la culpable de que todos tengamos nombres raros. Es tremendamente trabajadora, muy cariñosa y un poco maniática. Elisa es su hermana pequeña, vive con nosotros desde hace como tres años, para ayudar a la economía de la casa y cuidar de nosotros.
Ya estamos todos.
-¿Otra vez comiendo de mi helado?
-Calla, si tú ni lo tocas desde hace...
-¿Un día?
-Bueno, no lo sé, está bueno, calla.
Se tiró en el sofá, encendió la tele, puso la MTV y le subió el volumen casi al máximo. Yo recogí mis cosas de la mesa resoplando, indignada por el sutil método de Álec para echarme del salón, y me encerré en mi habitación.
Hay que decir que ser la niña de la familia puede ser difícil y frustrante la mayoría del tiempo, pero al menos tengo una habitación para mí sola. No somos precisamente ricos ni tenemos una casa grande para todos los que somos, así que Álec, Trevor y Lucio cuando está en casa comparten la habitación grande mientras yo ocupo sola la pequeña.
Metí los libros en un cajón del escritorio elegido al azar. Debería seguir repasando, pero tenía la sensación de que por mucho empeño que pusiera aquella noche, a la mañana siguiente sabría lo mismo que en ese momento.
Me eché en la cama bocabajo, exhausta. La organización del instituto no iba a dejarme un respiro: a la mañana siguiente tenía el examen de matemáticas, por la tarde expondrían las notas en la puerta del centro y un día después cursaría tercero.
Aaaaaahhhhh tercero... tenía ganas de gritar. Como si no hubiera sido suficientemente malo segundo...
Me quedé dormida solo un momento después, y a la tía Elisa le dio pena despertarme. "Ya desayunará fuerte mañana", debió pensar.
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