viernes, 16 de septiembre de 2011

Capítulo primero.

Cuando abrí los ojos creí que aún estaba soñando. Me restregué la cara y volví a mirar, intentando enfocar mejor.
No era un sueño, Álec estaba realmente allí, en calzoncillos, rebuscando en mi escritorio. Intenté llamarlo por su nombre, pero solo logré soltar un gruñido ronco. Cuando lo oyó, se giró y me dedicó una sonrisa blanca y perfecta.
-Por fin te despiertas, buenos días. -saludó alegremente.
Bostecé sonoramente y me froté los hombros. Llevaba la ropa del día de ayer y no estaba tapada. Debería, porque tenía frío.
-Te quedaste dormida ayer, ¿te acuerdas? Mamá quiere que te vistas y vayas a la prueba de mates.
Aaaah, mierda... El examen. Al menos ya estaba vestida, pensé, aunque no tenía claro si aquello era adecuado.
Me levanté casi de un salto y corrí a la cocina sin molestarme en preguntar a Álec por el paradero de su ropa ni la finalidad de su búsqueda. La cocina estaba vacía, así que me serví un poco de leche en una taza, la mezclé con una cucharada de cacao en polvo y tras apretar el botón, alcancé el teléfono para marcar el numero de Vera.
¿Recordáis que dije que no tenía muchas amigas? El caso es que tengo dos, las mejores amigas que puede tener una chica solitaria como yo. Mi mejor amiga y a la que siempre llamo para cualquier tontería es a Primavera, otra desgraciada que ha tenido que buscar un mote para continuar normalmente con su vida. Vera es totalmente opuesta a mí, pero la quiero sin razón, porque es la persona que se dedica a dibujarme sonrisas cuando más la necesito.
La otra chica se llama Isabelle, y llegó al instituto el año pasado. Es rara, para algunos desagradable, pero también la quiero, y de todas formas no creo que pudiera encontrar otras amigas.
Vera cogió el teléfono tan contenta como siempre.
-¡Buenos días! -saludó entre risas.
-Lo serán para ti, porque yo tengo un examen en... -consulté el reloj de la cocina- quince minutos.
-Querida Tabi, para mí siempre son buenos, y el tiempo te da de sobra, pasaré a por ti en cinco.
-¿Cinco? ¿Estás loca?
-Algo así.
-Ni si quiera he desayunado.
-Pues vas a tener que darte prisa, porque ya estoy a punto de salir.
-Vera, ni se te ocurra colgarme ahora, porque siempre que te llamo vas con prisas y me dejas con la palabra en...
-¡Date prisa y deja de parlotear como mi abuelo! Cuatro minutos.
Fin de la conversación telefónica. Vera era increíble.

¿Alguna vez habéis desayunado, os habéis peinado, lavado los dientes, buscado un lápiz perdido y sacado una bici del garaje en cuatro minutos? ¿No? Pues yo tampoco.
Cuando vi a Vera aún me quedaban pegotes de pasta de dientes de menta en la boca y como no había encontrado mi lápiz perdido llevaba en la mano izquierda el estuche de Álec. Intentaba quitarle el candado a la rueda de la bici cuando una cabellera rubia platino muy rizada asomó por la puerta.
-¿Tabi? -llamó.
-Ya voy, intento... -con un aullido lastimero conseguí abrir el candado, me había pillado el dedo.
Vera rió.
-Muévete, que no llegamos. -apremió.
-Pero si tú no tienes que hacer ningún examen.
-Ya, pero te acompaño porque soy la mejor.
-¿También me metes prisa porque eres la mejor?
-No, eso es porque Isabelle también va a ir, y estará esperando.
Saqué la bici cogiéndola con una mano por el manillar, salí a la calle y cerré la puerta. Era una mañana fría de septiembre que ponía la piel de gallina a todos menos a Vera, que iba vestida como si fuese julio, con unas deportivas de lona, una falda corta vaquera y una camiseta de manga corta naranja chillón.
Tal vez Vera no fuera muy discreta a la hora de elegir la ropa, pero sí era guapísima. Su pelo rubio claro era natural, y aunque muy ensortijado, eso no era un problema, pues la chica solía recogerlo en todo tipo de trenzas y coletas. Ese día llevaba unas largas trenzas con cintas verdes intercaladas. Tenía los ojos grandes y azules y la piel clara.
-Seguramente Isabelle no vaya, lo sabes. No tiene interés en recuperar ninguna. -le dije, mientras ambas subimos a nuestras bicicletas y empezábamos a pedalear. Yo no era muy amante de las ruedas, y menos cerca de Vera, que solía tener muchos accidentes, pero a mi amiga le encantaba montar en bicicleta y siempre que me acompañaba a algún sitio procuraba traerla.
-Puede ser, yo intenté convencerla de que viniera.
-¿A cuál?
-A todos.
Resoplé. Era imposible que Isabelle hiciera todos los exámenes, puesto que además dudaba de que hubiera tocado un libro aquel verano.
Pedaleamos mientras hablábamos de tonterías como unos cinco o diez minutos antes de llegar al instituto.


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